Por la mañana, mientras los niños coloreaban tranquilamente en el suelo, un nombre resonaba en mi cabeza: Dr. Samson.
Abrí el portátil de Joshua.
La verdad estaba ahí: resultados de la tomografía, notas y un mensaje anónimo del Dr. Samson instándolo a que me lo contara.
Me temblaban las manos al llamar.
—Soy Hanna, la esposa de Joshua —dije. Encontré los expedientes. Sé lo del linfoma. ¿Hay algo más que podamos intentar?
Su voz se suavizó. —Hay un ensayo clínico. Pero es arriesgado, caro y la lista de espera es larga.
Contuve la respiración. —¿Puede entrar?
—Podemos intentarlo. Pero el seguro no lo cubre.
Miré a los chicos.
—Tengo mi indemnización, doctor —dije—. Anote su nombre en la lista.
A la noche siguiente, llegué a casa.
Joshua estaba sentado a la mesa de la cocina, con los ojos rojos y el café intacto.
—Hanna… —empezó.
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