Siete años después de nuestro divorcio, me encontré por casualidad con mi exmarido. Me miró y me dijo: «La gente como tú no pertenece aquí». No discutí, solo sonreí… Y minutos después, alguien me llamó por mi nombre y su actitud cambió por completo.

Siete años después de nuestro divorcio, me encontré por casualidad con mi exmarido. Me miró y me dijo: «La gente como tú no pertenece aquí». No discutí, solo sonreí… Y minutos después, alguien me llamó por mi nombre y su actitud cambió por completo.

La voz me resultaba familiar, de una forma que no evocaba calidez, sino reconocimiento, como escuchar una canción que ya no te gusta, pero que aún recuerdas palabra por palabra.

Me giré.

Alejandro estaba allí, tal como lo esperaba, bien vestido, con una postura segura, acompañado por una mujer que claramente había sido elegida no solo por su apariencia, sino también por cómo complementaba a la perfección la imagen que él había construido.

Por un breve instante, simplemente nos miramos.

No como marido y mujer.

No como pasado y presente.

Sino como dos personas que alguna vez compartieron una vida y ahora se encontraban en lados opuestos de algo que ninguno de los dos comprendía del todo en aquel momento.

La mujer a su lado habló primero.

—¿Quién es? —

Alejandro respondió sin dudar.

—Mi exesposa. —

Asentí cortésmente.

—Hola, Alejandro. —

Sin amargura.

Sin actuación.

No hacía falta.

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