Le cedí mi asiento a una anciana en el minibús, y ella me susurró: «Si tu marido te regala un collar, mételo en agua». Esa misma noche descubrí que el regalo no era amor, sino una maldición.

Le cedí mi asiento a una anciana en el minibús, y ella me susurró: «Si tu marido te regala un collar, mételo en agua». Esa misma noche descubrí que el regalo no era amor, sino una maldición.

Sonrió levemente.

—No te salvé —dijo—. Solo te lo recordé.

—¿Me recordaste qué?

—Que no todos los regalos vienen del amor.

—A veces vienen del hambre de otra persona.

Antes de irse, añadió una última cosa:

—Nunca dejes que nadie te ponga algo que no hayas elegido.

Hoy sigo en la Ciudad de México.

Sigo trabajando.

Sigo viajando en autobuses llenos.

Pero ya no soy la mujer que se conformaba con menos solo para evitar la soledad.

Lo cambié todo.

Y aprendí una verdad que ojalá más mujeres supieran antes:

El peligro no siempre llega con estrépito.

A veces viene envuelto en algo hermoso…

sonriendo…

y llamándose a sí mismo amor.

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