Le cedí mi asiento a una anciana en el minibús, y ella me susurró: «Si tu marido te regala un collar, mételo en agua». Esa misma noche descubrí que el regalo no era amor, sino una maldición.

Le cedí mi asiento a una anciana en el minibús, y ella me susurró: «Si tu marido te regala un collar, mételo en agua». Esa misma noche descubrí que el regalo no era amor, sino una maldición.

En el trabajo, no podía concentrarme.

A la hora del almuerzo, fui a una joyería antigua.

El dueño examinó el collar brevemente.

«Esto no es oro», dijo. «Y hay algo dentro».

Lo raspó, revelando corrosión y residuos.

«Si esto toca tu piel, podría causarte una reacción grave», advirtió.

Sentí un nudo en el estómago.

Llamé a mi mejor amiga, Ximena, y le conté todo.

Ella no dudó.

«Daniela… está intentando hacerte daño».

Su prima trabajaba en la fiscalía. La contacté de inmediato.

Me dijo que necesitaban pruebas.

Esa noche, revisé nuestros documentos.

Encontré la póliza de seguro actualizada.

Mauricio era el único beneficiario.

También había gastos sospechosos: restaurantes, estancias en moteles, compras de productos químicos.

A las 7 de la tarde, me envió un mensaje:

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