Porque Carlos se veía exactamente como era por dentro cuando se acababan las mujeres que lo sostenían: un hombre vacío, sin plan, sin carácter, sin más talento que hacerse el confundido.
—Mamá… —dijo, como buscando salvación en el último sitio que le quedaba.
Doña Carmen lo miró largo.
Y luego dijo algo que yo jamás pensé escucharle:
—Yo me equivoqué contigo.
Carlos se puso blanco.
Ella siguió, con la voz quebrada pero firme:
—Pasé años creyendo que mi hijo era un buen hombre y que la mujer que tenía al lado debía agradecer lo poco que él daba. Y la que te sostuvo a ti… fue ella.
Me miró.
Yo sentí un nudo doloroso en la garganta.
—Hija —dijo, y esa palabra me golpeó más que todo lo demás—. Perdóname.
Se me humedecieron los ojos, pero no lloré.
No ahí.
No delante de él.
Carlos comenzó a negar con la cabeza.
—Mamá, no sabes lo que dices.
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