Me llamo Josefina Morales, tengo 52 años y guardo un secreto que nadie conoce, ni mi familia ni mis antiguos empleadores. Ya no puedo callarlo más, porque lo que se guarda dentro termina quemando como brasas.

Me llamo Josefina Morales, tengo 52 años y guardo un secreto que nadie conoce, ni mi familia ni mis antiguos empleadores. Ya no puedo callarlo más, porque lo que se guarda dentro termina quemando como brasas.

me cuidara del frío, la que siempre me decía, “Ya vente, hija, ya cumpliste.” Esa mujer ya no estaba y yo no estuve ahí. No estuve cuando se sintió mal. No estuve cuando la llevaron al hospital. No estuve cuando dio su último respiro. No estuve. Y eso, eso no se me va a olvidar nunca. Luis me decía que estaban todos bien, que no me preocupara, que ya la estaban velando en casa, que Carmen estaba con su bebé, que él estaba con ellos.

Pero yo solo pensaba una cosa, ¿por qué no estuve? Colgué la llamada y me quedé ahí en el piso como una piedra. No lloré en ese momento. No podía. Me sentía vacía, como si me hubieran sacado el alma. Después de una hora me levanté, fui con la señora de la casa, le dije que necesitaba salir, que había una emergencia familiar. Me miró con cara de duda, como si no entendiera. No dijo nada más que, “Okay, tómate el día.” Y salí.

Me fui a caminar sin rumbo, solo caminé. Las calles de San José me parecían más frías que nunca. La gente pasaba a mi lado con sus cafés, sus audífonos, sus perros como si nada. Y yo cargando la мυerte de mi madre sola en el pecho. Esa noche no dormí. Me senté en la cama con la luz apagada y lloré. Lloré con el cuerpo, con la garganta, con los dientes apretados. No era solo por mi mamá, era por todo, por los años, por los abrazos que no le di, por las veces que me decía que ya me quería ver, por la última Navidad que me dijo, “El año que viene ojalá estés aquí.” Y no estuve.

Y lo peor era que no podía ir. Si salía, ya no podía regresar. Y aunque me moría por estar allá, me daba pánico dejar todo lo que tenía acá, mi trabajo, mi renta, mis años, todo eso que me costó tanto. Pero, ¿qué valía más? Al día siguiente hablé con Carmen. Estaba más entera que yo. Me dijo que la abuela se veía en paz, que mucha gente fue a despedirse, que todos preguntaban por mí. Y entonces me soltó lo que me partió el alma.

Mamá, tú ya no puedes seguir viviendo allá sola. Te estás perdiendo de todo. Yo no dije nada porque sabía que tenía razón. Ella siguió. Mi hijo va a crecer sin conocerte. No quiero eso. No quiero que seas una voz en el celular como fuiste con nosotros. No, otra vez, ma, por favor. Y me quedé muda porque esa frase me atravesó como cuchillo. ¿Cómo fuiste con nosotros? Lo había dicho sin malicia, sin coraje, pero era verdad. Yo fui una voz, fui dinero, fui recuerdos, no fui mamá de carne y hueso, no fui presencia, no fui abrazo.

Y ahí por primera vez, en casi 20 años empecé a pensar en dejar todo. Pasé días pensando, semanas. Cada noche me preguntaba si todavía tenía algo allá, si mis hijos me iban a aceptar, si mi nieto iba a llamarme abuela, si iba a ser muy tarde, si me iba a arrepentir. Pero también me preguntaba si tenía sentido seguir acá trabajando para otros en un país donde siempre fui invisible. La мυerte de mi mamá fue el golpe que me abrió los ojos y también el que me hizo ver que ya no podía esperar más.

Ahí empezó la decisión más difícil de mi vida. Después de la llamada donde me dijeron que mi mamá había muerto, algo se quebró dentro de mí. Pero no fue de golpe, fue como una grieta que se fue abriendo poco a poco. Empezó esa misma noche y cada día se fue haciendo más grande, como si el aire ya no me alcanzara, como si todo lo que antes me daba fuerza ya no tuviera sentido. Durante los días que siguieron iba al trabajo como si fuera un fantasma.

Hacía todo en automático, limpiaba, cocinaba, barría. Pero no estaba ahí. Mi mente estaba lejos en Guautla, en la casa donde crecí, en la recámara de mi mamá, en la cocina donde ella me enseñó a hacer arroz, en el patio donde colgábamos la ropa juntas, en todo lo que ya no iba a volver. Y al mismo tiempo sentía un miedo que me apretaba el pecho, porque empezar a pensar en regresar no era cualquier cosa, era dejar todo lo que había construido.

Sí, era poco, pero era mío, mi cuarto, mis cosas, mi trabajo, mi rutina. Y aunque nunca me sentí completamente feliz allá, me daba miedo volver y no saber quién soy. No se lo conté a nadie ni a mis hijos. ni a mis compañeras. Solo lo pensaba en silencio. Me hacía preguntas que no sabía cómo contestar. Y si ya no me quieren allá. ¿Y si regreso y no encuentro trabajo? ¿Y si me enfermo y no tengo con qué pagar un médico?

¿Y si Carmen ya no me necesita? ¿Y si Luis me sigue guardando rencor? Pero por otro lado estaba lo otro. Y si me vuelvo a perder otro momento importante? ¿Y si mi nieto crece y no sabe quién soy? ¿Y si me muero aquí sola y nadie se entera? ¿Y si no me alcanza el tiempo para recuperar lo perdido? Una noche después de trabajar me senté frente a la mesa con mi cuaderno viejo, ese donde anotaba todo lo que mandaba de dinero, y empecé a escribir, no números, palabras.

Post navigation

Leave a Comment

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

back to top