Luego, bruscamente: —¡Un termómetro! ¡Rápido! ¡Y su expediente, inmediatamente!
Artiom la miró, aturdido. —Pero… usted dijo… que se estaba muriendo…
—Eso creía —respondió ella, concentrada—. Pero no es un paro cardíaco. Ni un fallo orgánico. Es… una infección masiva. Una septicemia. ¡Tiene más de 40° de fiebre! ¡No se está muriendo, está luchando!
El tiempo se detuvo. Las horas pasaron. Cayó la noche. Finalmente, la veterinaria salió, agotada pero con la mirada ardiente: —Está estable. La fiebre está bajando. Su corazón late con regularidad. Pero las próximas horas serán decisivas.
Artiom rompió en sollozos silenciosos. —Gracias… Gracias por no haberse rendido…
Y más tarde, la puerta se abrió de nuevo. Esta vez, la veterinaria sonreía. —Venga. Lo está esperando.
Artiom entró, con las piernas temblando. Sobre una manta blanca, con una vía intravenosa en el brazo, allí estaba Léo. Sus ojos claros, vivos, lo miraban fijamente. Al ver a su dueño, movió débilmente la cola. Una vez. Dos veces. Como diciendo: «He vuelto. Me he quedado».
—Hola, viejo amigo… —murmuró Artiom mientras acariciaba su hocico—. Simplemente no querías irte…
Y entonces, lentamente, Léo levantó una pata y la posó sobre la mano de su dueño.
Ya no era una despedida. Era una promesa. Una promesa de seguir juntos. Una promesa de no rendirse. Una promesa de amar, hasta el final.
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