El hijo rico empujó a su madre paralizada por un acantilado, pero se olvidó de su fiel perro y el final.

El hijo rico empujó a su madre paralizada por un acantilado, pero se olvidó de su fiel perro y el final.

—Disculpen, mi perro se ha alterado por el viento —dijo, intentando sonar natural.

Pero Bruno no dejaba de mirar el abismo, soltar gemidos y volver hacia ellos, como si quisiera guiarlos. Marta frunció el ceño.

—Parece que intenta decirnos algo. ¿Está todo bien?

Alberto sintió un sudor frío recorrerle la espalda.
—Sí, sí… solo que mi madre… —se detuvo un segundo, improvisando—. Mi madre se adelantó por el sendero. El perro está inquieto porque no la ve.

Javier observó la silla de ruedas abandonada a unos metros.
—¿Camina sola?

Alberto tragó saliva.
—Bueno… está en proceso de recuperación.

La pareja intercambió una mirada de duda. Antes de que Alberto pudiera reaccionar, Bruno salió corriendo hacia un pequeño saliente seguro desde el cual se veía claramente parte del acantilado. El perro ladraba desesperado, mirando hacia abajo.

Marta dio unos pasos cautelosos y miró también. Su rostro palideció.

—Dios mío, Javier… ¡hay alguien en el agua!

Alberto sintió que el mundo se le caía encima. Sin pensarlo, Javier ya estaba llamando a emergencias.
—112, hemos visto una posible caída por un acantilado en la zona del Mirador del Faro…

Alberto intentó acercarse para intervenir, pero Marta lo miró con suspicacia.

—¿Está seguro de que su madre está bien? —preguntó, fijándose en que sus manos temblaban.

La sirena de un vehículo de Guardia Civil comenzó a escucharse a lo lejos. El pánico se apoderó de Alberto. Tenía que huir, pero la presencia de testigos complicaba todo. Además, si dejaba allí su coche, sería una prueba irrefutable.

Bruno volvió junto a él, gruñendo. Jamás lo había visto así. El perro, que siempre lo había tratado con afecto, ahora parecía reconocer algo en su mirada: culpa.

Alberto dio un paso atrás, mirando a los excursionistas, al perro y al camino de acceso por donde ya se veía acercarse el vehículo oficial. No podía escapar sin llamar aún más la atención.

—Todo fue un accidente… —murmuró, aunque nadie se lo había preguntado todavía.

El sonido de la sirena se acercaba más y más, y las ondas del mar seguían golpeando el sitio donde había caído su madre.

Los agentes de la Guardia Civil llegaron en pocos minutos. Tras escuchar el relato de la pareja, se dirigieron inmediatamente hacia Alberto.

—¿Es usted el hijo de la mujer que ha caído? —preguntó el sargento.

Alberto sintió que sus piernas flaqueaban.
—Yo… sí… pero… fue un accidente. La silla se movió sola.

El sargento observó la posición de la silla, demasiado lejos del coche y demasiado cerca del borde.
—¿Su madre podía mover los brazos o las piernas? Necesitamos entender cómo ocurrió.

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