—No exactamente —respondió—, pero aceptó ir a terapia familiar conmigo. Eso ya es un milagro.
Me sorprendió su determinación.
—Miguel, sé que no podemos borrar lo que pasó, pero quiero reparar lo que pueda —añadió.
—Lo haremos juntos.
La conversación avanzó hacia asuntos prácticos: horarios, responsabilidades, cómo repartir tiempos. No era perfecto, pero era un comienzo sólido.
Al final, Elena me miró con una sinceridad profunda.
—Nunca pensé que volverías así… decidido. Antes eras tú quien huía de los conflictos.
Me reí suavemente.
—Nueva York me enseñó muchas cosas. Pero la más importante es que nada vale si no tienes a tu familia cerca.
Ella sonrió, aunque con cierta fragilidad.
—No sé qué será de nosotros dos como pareja —admitió—. Pero como padres… creo que tenemos una segunda oportunidad.
—Estoy de acuerdo —respondí—. Lo demás… lo dejaremos al tiempo.
En ese momento, Lucía salió del cuarto con su dibujo. Era un retrato sencillo: ella en el centro, Elena a un lado, y yo al otro. Los tres tomados de la mano.
—Lo hice hoy —dijo, orgullosa—. Porque ya no nos vamos a separar más, ¿verdad?
Nos miramos Elena y yo, y aunque no teníamos todas las respuestas, sí teníamos algo más fuerte: la voluntad de hacerlo bien.
—No, amor —respondí—. Esta vez, nos quedamos juntos. Pase lo que pase.
Ella sonrió, y su sonrisa iluminó todo el apartamento.
Y así entendí que, aunque el camino sería largo, al fin caminábamos hacia el mismo lado.
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