—El río no devuelve lo que se lleva —murmuré.
Pero mis pies avanzaron solos.
Cuando el objeto se acercó, ya no hubo duda: era un hombre.
Inmóvil.
Atado con cuerdas gruesas.
Solté el cubo y entré al agua sin pensarlo. El frío me mordió las piernas. El nivel me llegó a la cintura.
—¡Aguanta! —grité, aunque sabía que no podía oírme.
Mis años pesaban, pero el miedo no me detuvo.
Mis manos, endurecidas por una vida de trabajo, se aferraron a su cuerpo. Tiré con todo lo que tenía.
Cuando por fin lo arrastré hasta la orilla, caí de rodillas, jadeando.
Parecía muerto.
Busqué su cuello con los dedos…
y sentí un pulso.
Débil.
Pero vivo.
—Dios aún no te reclama —susurré.
Lo llevé como pude hasta mi casa. Encendí el fuego.
Y entonces lo vi bien.
No era un jornalero.
Sus manos eran finas.
La ropa, cara.
En la muñeca, un reloj de oro.
En un anillo, unas iniciales grabadas: RDM.
Recordé la radio del pueblo. Un nombre. Un titular.
Ricardo del Monte.
El empresario desaparecido.
El millonario que toda España buscaba.
Entonces abrió los ojos y murmuró algo que me heló la sangre:
—Querían verme muerto.
Esa noche, el silencio se rompió con motores.
Se detuvieron frente a mi puerta…
¿Quién venía a buscarlo… y por qué había sobrevivido?
El primer coche se detuvo sin apagar el motor.
Luego otro.
Y otro más.
Desde la ventana vi las luces cortar la oscuridad como cuchillos. No eran coches del pueblo. Eran demasiado nuevos. Demasiado silenciosos.
Ricardo respiraba con dificultad sobre mi vieja cama. Tenía fiebre. Las marcas de las cuerdas le habían abierto la piel.
—No hagas ruido —le susurré—. Pase lo que pase.
Golpearon la puerta.
—¡Abra! —ordenó una voz masculina—. Guardia Civil.
Mentían.
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