Parte 1: El camino helado de la traición
El reloj que brillaba en el tablero marcaba las 2:14 de la madrugada cuando el vehículo frenó bruscamente. La sacudida me hizo inclinar el cuello hacia adelante, pero el dolor agudo que me atravesaba el vientre, con ocho meses de embarazo, fue mucho peor.
Afuera, una violenta tormenta de noviembre azotaba las calles desiertas de la ciudad, convirtiendo la noche en un oscuro y gélido vacío. Dentro del lujoso SUV Mercedes, el aire olía nauseabundo: la costosa colonia de sándalo de mi esposo Adrian se mezclaba con el dulce perfume de vainilla de la mujer que iba en el asiento del copiloto.
Valeria.
Su asistente.
Su amante.
—Vete, Elena. He terminado contigo —dijo Adrian con frialdad, su voz desprovista de toda la calidez que alguna vez tuvo el hombre con el que me casé—. No voy a escuchar tus llantos ni un segundo más.
Miré a mi alrededor confundida, temblando incontrolablemente. Estábamos estacionados en una carretera industrial desierta, a kilómetros de casa. La lluvia golpeaba el parabrisas como piedras.
—Adrian, por favor… —susurré, sintiendo el sabor de la sangre donde me había mordido el labio—. Hace un frío que pela. El bebé… no me dejes aquí.
Valeria rió suavemente y se ajustó el abrigo de diseñador que yo había pagado con mi herencia.
—Ay, Adrian, acaba ya con esto —dijo ella con pereza, acariciándole el cuello.
Antes de que pudiera volver a hablar, Adrian salió, abrió la puerta de golpe y me agarró del brazo.
Sus dedos se clavaron dolorosamente en mi piel.
Con un empujón brutal me arrojó a la carretera.
Mis rodillas golpearon el asfalto helado, abriéndose la piel y provocándome un dolor insoportable. El agua de lluvia empapó mi vestido en cuestión de segundos.
—Buena suerte sobreviviendo, parásito —espetó Adrian antes de dar un portazo.
Me quedé tendido en el pavimento helado, tosiendo y agarrándome el estómago mientras el Mercedes se alejaba rugiendo. Sus luces traseras rojas desaparecieron en la tormenta, dejándome solo en la oscuridad.
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