El amanecer en el pueblo de San Juan de los Olivos siempre llegaba con el mismo sonido: el de mis manos golpeando la ropa contra las piedras frías del lavadero. Era marzo de 1898, y mientras el resto del mundo soñaba con el progreso del nuevo siglo, mi mundo se reducía a las cuatro paredes de una choza que se sentía más como una celda que como un hogar.
Mi nombre es Francisca, pero para Dorotea, mi madrastra, yo solo era “la cenicienta”, el “estorbo” o, simplemente, la mano de obra gratuita que mantenía su casa funcionando. Desde que mi padre murió, mi vida se convirtió en un desierto de humillaciones. Mis hermanastras, Celina y Estela, se despertaban al mediodía para que yo les sirviera el chocolate caliente en tazas de porcelana, mientras yo apenas si tenía un trozo de pan duro para pasar el día. Mis manos estaban curtidas, mis uñas rotas y mi espalda siempre cargaba con el peso de la leña o el agua.
—¡Apúrate, Francisca! —gritaba Dorotea desde el corredor, abanicándose mientras yo sudaba bajo el sol—. Ese rebozo está mugroso, quítate de la vista que hoy es día de mercado y no quiero que la gente piense que criamos pordioseros.
Yo agachaba la cabeza y obedecía. Había aprendido que el silencio era mi único escudo contra sus insultos. Lo que nadie en el pueblo sabía era que, tras las puertas cerradas, Dorotea no solo usaba palabras; sus pellizcos y empujones eran el pan de cada día si la cena no estaba a tiempo o si una mancha persistía en los vestidos de sus “princesas”.
Pero esa mañana de marzo, el destino decidió que ya había sido suficiente.
El sonido empezó como un tambor lejano. El galope rítmico de un caballo que no pertenecía a este pueblo de mulas y carretas. Por el camino principal, levantando una nube de polvo dorado, apareció un alazán imponente. Sobre él, un hombre que parecía sacado de una leyenda: Don Antonio Cardoso.
En toda la región, el nombre de los Cardoso era sinónimo de ley. Dueño de minas, de tierras que se perdían en el horizonte y de una fortuna que nadie podía calcular. Pero Antonio era diferente a su linaje; era un hombre de pocas palabras, de mirada profunda y de una soledad que se sentía en la forma en que observaba el mundo. Se decía que buscaba una esposa, pero no una de esas muñecas de sociedad que solo sabían bordar y chismear.
Dorotea, al ver al jinete detenerse frente a nuestra reja, casi se cae de la silla.
—¡Celina! ¡Estela! ¡Vengan pronto! —chilló, arreglándose el pelo con desesperación—. ¡Es Don Antonio Cardoso! ¡Asegúrense de verse hermosas! ¡Y tú, Francisca, métete al corral de las cabras! ¡No salgas hasta que yo te diga, animal!
Me empujó con tanta fuerza que caí sobre la tierra seca. Me escondí tras la cerca de madera, observando entre las rendijas. Vi a Antonio desmontar con una elegancia que cortaba la respiración. Sus botas de piel relucían bajo el sol. Dorotea salió a recibirlo con su sonrisa más falsa, esa que guardaba solo para los que tenían dinero.
—¡Don Antonio! ¡Qué honor tan inmenso para esta humilde casa! —decía ella, mientras sus hijas salían al corredor, fingiendo una timidez que no tenían—. Pase, por favor. Mis hijas estaban justo hablando de lo mucho que admiran su labor en la región.
Antonio no entró. Se quedó de pie en medio del patio, con su sombrero en la mano, recorriendo el lugar con una mirada de acero que parecía leer las almas.
—No vengo por cortesías, Señora Dorotea —dijo Antonio con una voz grave que hizo que a mi madrastra se le borrara la sonrisa—. He estado cabalgando por estos rumbos durante tres días. He escuchado los gritos que salen de este patio desde el camino real. Y he visto, desde la colina, cómo se trata a la gente en esta casa.
Dorotea palideció. —Oh, señor, debe ser un malentendido… los criados hoy en día son tan rebeldes…
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