PARTE 1
—Nadie pregunta por esa bebé porque todos creen que se va a morir.
Eso fue lo primero que escuché en el pasillo del DIF, mientras esperaba mi turno con una carpeta azul sobre las piernas y el corazón hecho un nudo. Había ido solo a pedir informes de adopción, nada más. Quería saber requisitos, tiempos, entrevistas, papeles. Quería hacer las cosas “bien”, como si la vida siempre respetara los trámites.
Dos enfermeras hablaban junto al garrafón de agua, creyendo que nadie las oía.
—¿La del cunero tres? —preguntó una.
—Ahí sigue. Con ese corazón, nadie se anima. Ni nombre tiene la pobrecita.
Sentí un frío en la espalda.
Me levanté antes de pensarlo.
—Perdón… ¿qué bebé?
Las dos se callaron. Una bajó la mirada. La otra se acomodó el gafete como si yo hubiera cruzado una línea prohibida.
—Señora, eso no le corresponde.
—¿Está sola? —pregunté.
Nadie respondió.
Y ese silencio me contestó todo.
Yo me llamo Mariana, tengo treinta y ocho años, un divorcio encima, dos pérdidas que nunca aprendí a nombrar y una habitación vacía en casa que durante años fue “el cuarto del bebé”, aunque nunca llegó ninguno. Fui al DIF de Guadalajara con miedo de ilusionarme. Salí de ese pasillo con una bebé metida en el pecho sin siquiera haberla cargado.
Una trabajadora social llamada Beatriz apareció después de hacerme esperar casi media hora.
—Me dijeron que preguntó por la menor —dijo, seria.
—Quiero verla.
—No es una situación sencilla. Tiene seis meses, cardiopatía congénita severa y pronóstico reservado. Fue dejada en el hospital al nacer. No hay familiares reclamándola.
Lo dijo como quien lee un inventario.
Edad.
Enfermedad.
Abandono.
—¿Cómo se llama?
Beatriz apretó la pluma entre los dedos.
—Legalmente aún no tiene nombre.
Me ardieron los ojos.
—¿Entonces cómo le dicen?
—La bebé del cunero tres.
Me quedé quieta. No grité. No reclamé. Pero por dentro algo se me rompió con una rabia silenciosa.
—Lléveme con ella.
Caminamos por pasillos que olían a cloro, sopa de hospital y cansancio. Pasamos junto a madres con bolsas de pañales, abuelas rezando y papás dormidos en sillas incómodas. Yo apenas podía respirar.
Cuando entré al área de cuidados neonatales, escuché primero los monitores.
Luego la vi.
Era pequeñita, demasiado para seis meses. Tenía una gorrita blanca, una sonda pegada a la mejilla y los puñitos cerrados como si estuviera peleando contra el mundo desde antes de aprender a llorar bien.
Me acerqué a la cuna.
—No toque nada —advirtió una enfermera.
Asentí.
La bebé abrió los ojos.
Grandes. Negros. Serenos.
Y entonces, como si me reconociera de otra vida, sonrió apenas. Una sonrisita débil, temblorosa, mínima.
Pero suficiente para partirme en dos.
Antes de ella.
Después de ella.
—Se llama Alma —susurré.
Beatriz frunció el ceño.
—Señora, todavía no puede…
—No estoy hablando de papeles —dije sin dejar de mirarla—. Estoy hablando de ella.
Porque eso era. Alma. Una vida pequeña, conectada a cables, abandonada en una cuna sin nombre, pero viva. Tan viva que su mirada me sostuvo completa.
Esa tarde no firmé nada. No pude llevarla. No pude prometerle futuro. Pero antes de irme me acerqué a su cuna y le dije:
—Mañana regreso.
Esa noche no dormí. Abrí cajones, saqué cobijas nuevas que había comprado años atrás y guardado por vergüenza. Busqué una libreta y escribí en la primera página: “Cosas de Alma”.
No sabía de medicinas. No sabía de oxígeno. No sabía de crisis cardíacas ni de hospitales. No sabía cómo amar a alguien que quizá podía irse cualquier noche.
Pero sí sabía algo.
Esa niña no volvería a ser solo “la del cunero tres”.
Y cuando al día siguiente regresé con pañales, una cobijita amarilla y las manos temblando, la doctora me miró con una seriedad que me dejó helada.
—Antes de encariñarse, tiene que entender algo: esta bebé puede no sobrevivir.
Apreté la bolsa contra mi pecho.
Entonces, detrás de la puerta, escuché un llanto chiquito, roto, desesperado.
Y supe que ya era demasiado tarde para irme.
Leave a Comment