—Alejandro… no vengas. Si descubren que me encontraste, van a matar a nuestro hijo.
La voz le atravesó el pecho como una bala.
Alejandro se quedó inmóvil, con el teléfono pegado al oído y la mirada clavada en Esteban, que acababa de perder todo el color del rostro.
—Elena… —susurró.
Del otro lado hubo un silencio roto por viento, pasos y una respiración agitada.
—No digas mi nombre.
Alejandro sintió que la sangre le golpeaba las sienes.
—¿Dónde estás?
—No puedo decírtelo.
—Cinco años —dijo él, y la voz se le quebró—. Cinco años creyendo que estabas muerta.
—Yo también morí esa noche, Alejandro.
Él cerró los ojos con fuerza.
Elena estaba viva.
Y no solo eso.
Tenía miedo.
Un miedo real, urgente, de esos que no se fingen.
—¿Nuestro hijo está contigo?
Al otro lado, ella tardó demasiado en responder.
—Se llama Nicolás.
Alejandro se llevó una mano a la boca.
Nicolás.
El nombre cayó dentro de él como algo sagrado y cruel al mismo tiempo.
—¿Cuántos años tiene?
—Cinco.
El mundo se inclinó.
Cinco años.
Elena había estado embarazada la noche del accidente.
La noche que todos le dijeron que la perdió.
La noche en que su familia le enseñó un bolso ensangrentado y una carretera vacía.
La noche en que lo obligaron a despedirse de una tumba sin cuerpo.
—Yo no sabía… —murmuró él.
—Lo sé.
Esa respuesta lo destruyó más que cualquier acusación.
Porque no traía rabia.
Traía cansancio.
Traía años de cargar sola una verdad demasiado pesada.
Alejandro levantó la vista hacia Esteban.
El abogado retrocedió apenas.
—¿Quién te amenaza? —preguntó Alejandro.
—No puedo hablar mucho. Me prestaron este teléfono. Escúchame bien. No vengas con camionetas. No vengas con escoltas. No mandes hombres preguntando por mí. Ya estuvieron aquí.
—¿Quiénes?
Elena soltó un sonido ahogado.
—Los de tu suegro.
Alejandro sintió que algo oscuro se abría en su estómago.
—Mi suegro está muerto.
—No, Alejandro. Tu suegro nunca estuvo solo.
Él miró a Esteban.
La mano del abogado temblaba.
—Elena, dime dónde estás.
—No. Si vienes, vendrán detrás de ti. Si te ven conmigo, se llevan a Nicolás. Ya me lo advirtieron.
—¿Quién te lo advirtió?
Del otro lado se oyó una voz de niño.
Lejana.
Pequeña.
—Mamá…
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