No supe si dejé de respirar o si fue mi corazón el que se detuvo primero.
La fotografía temblaba entre mis manos.
Eleanor.
Viva.
Cuatro meses atrás.
Golpeada.
Escondida.
Y esa frase de Isabelle seguía clavándose más hondo que el viento helado de la mañana.
“Anoche escuché que van a terminar lo que empezaron.”
La agarré por los hombros con más fuerza de la que debía.
—¿Quién, Isabelle? ¿Quién dijo eso?
La niña no se apartó, pero sus ojos se llenaron de miedo.
No por mí.
Por lo que sabía.
—Un hombre alto, de traje oscuro… y una mujer rubia —susurró—. Dijeron que usted estaba empezando a sospechar. Dijeron que no podían arriesgarse a que ella apareciera.
Sentí una punzada brutal en el pecho.
Mujer rubia.
Solo un rostro se me vino a la mente.
Vanessa.
La hermana menor de Eleanor.
La mujer que lloró abrazada a mí en el funeral.
La mujer que insistió en ayudarme con los trámites.
La mujer que me repetía que debía aceptar la pérdida y seguir adelante.
De pronto recordé algo que en su momento me pareció insignificante: Vanessa fue quien insistió en que el ataúd permaneciera cerrado porque “el accidente la había dejado irreconocible”.
Accidente.
Ni siquiera recordaba ya cuántas veces había repetido esa palabra para no volverme loco.
—¿Dónde escuchaste eso? —pregunté.
Isabelle apretó su mochila contra el pecho.
—En la casa vieja del lado este. La de ladrillos rojos, la que tiene las ventanas tapiadas. Yo me escondo ahí a veces cuando hace frío.
—¿Tú vives sola?
Bajó la mirada.
—Desde hace mucho.
No pregunté más.
No porque no importara.
Sino porque cada segundo contaba.
Me puse de pie y guardé la fotografía dentro del abrigo.
—Vienes conmigo.
—No.
La miré.
—¿Cómo que no?
—Si voy con usted, sabrán que fui yo. Y si saben que fui yo… me van a encontrar.
Había una lógica despiadada en sus palabras.
Una lógica que ninguna niña de su edad debería manejar.
Saqué mi teléfono para llamar a la policía, pero el dedo se me congeló antes de tocar la pantalla.
No.
Si había alguien cercano a mí involucrado, no sabía hasta dónde llegaba aquello.
Eleanor había pertenecido durante años al consejo benéfico de mi fundación. Vanessa también había trabajado cerca del círculo familiar. Había abogados, médicos, gente con acceso a documentos.
Si aquello era real, no podía moverme a ciegas.
—Escúchame —le dije a Isabelle, arrodillándome otra vez—. No voy a dejarte sola. Pero necesito encontrarla.
La niña dudó unos segundos.
Luego metió la mano en su mochila y sacó una llave pequeña, oxidada.
—Ella me la dio.
La tomé.
—¿Cuándo?
—Hace meses. Dijo que, si algo le pasaba, buscara al hombre que siguiera yendo al cementerio aunque todos le dijeran que se rindiera.
Sentí la garganta cerrarse.
Eso era tan de Eleanor que por un segundo tuve que mirar al cielo para no derrumbarme.
—¿Qué abre esta llave?
—Un casillero en la estación vieja de autobuses.
La guardé en el bolsillo interior del saco.
—¿Y por qué no me lo dijiste antes?
Isabelle tragó saliva.
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