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Porque a veces una palabra bonita de alguien puede cambiarle el día a una persona.
El avión comenzó su descenso lentamente, atravesando nubes suaves que parecían algodón.
Miré por la ventana, como siempre lo hago… pero esta vez no buscaba paisajes, buscaba sentir algo distinto.
Aterricé como cualquier otro vuelo. Rutina perfecta. Todo en orden.
Los pasajeros se levantaron, tomaron sus maletas, algunos sonriendo, otros cansados… todos con alguien esperándolos al otro lado.
Yo caminé despacio detrás de ellos.
Al salir, vi abrazos, risas, niños corriendo hacia sus padres… y por un momento, bajé la mirada.
Respire hondo y siga caminando, como si no pasara nada.
Pero entonces…
—“Disculpa…”
Levanté la cabeza.
Una señora mayor, con una dulce sonrisa, se acercó a mí.
En sus manos tenía un pequeño dulce envuelto en papel.
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