LUCERO SIGUE a su empleada de limpieza hasta su CASA… Lo que VE la hace LLORAR DESCONSOLADAMENTE…

LUCERO SIGUE a su empleada de limpieza hasta su CASA… Lo que VE la hace LLORAR DESCONSOLADAMENTE…

El sol caía sobre la exclusiva zona de Polanco cuando Lucero o Gaza León terminó de revisar los últimos detalles para su próxima presentación. A sus 55 años, la estrella mexicana mantenía ese brillo que la había consagrado como la novia de América, aunque ahora prefería que la llamaran simplemente lucero. Dejó la carpeta con los contratos sobre la mesa de mármol italiano y observó el reloj de pared. Eran las 5 de la tarde. Doña Rosa, su empleada doméstica desde hacía 8 años, estaba recogiendo sus cosas para marcharse.

Lucero la observó desde el marco de la puerta de su estudio. Rosa Hernández, una mujer de unos 50 años con el cabello recogido en una trenza ya casi completamente cana, doblaba cuidadosamente el mandil que usaba para sus labores. Sus manos, agrietadas por el trabajo constante con productos de limpieza, se movían con una delicadeza que contrastaba con su rudeza. ¿Ya se va, doña Rosa?”, preguntó Lucero con esa voz melodiosa que había enamorado a tantos. “Sí, señora Lucero, ya dejé todo limpio y preparé la cena.

Solo tiene que calentarla cuando llegue la niña Lucerito. ” Respondió la mujer sin levantar demasiado la mirada. Había algo en rosa que siempre había intrigado a Lucero. 8 años trabajando en su casa, cco días a la semana y sin embargo sabía tan pooco de ella. Rosa nunca hablaba de su vida. personal. Nunca se quejaba, nunca llegaba tarde. Era como una sombra eficiente que aparecía cada mañana a las 7 en punto y se marchaba cuando el sol comenzaba a ponerse.

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“¿La lleva alguien? ¿Puedo pedir que mi chófer la acerque a su casa?”, ofreció lucero, como lo había hecho en otras ocasiones. No se preocupe, señora. Tomo el transporte como siempre. Rosa sonrió brevemente, recogió su bolsa de tela gastada y se dirigió hacia la puerta. Lucero la acompañó hasta la entrada. Mientras la veía alejarse por el sendero que conducía a la salida de la residencia, una inquietud inexplicable se instaló en su pecho. ¿Dónde vivía Rosa? ¿Cómo era su hogar?

¿Tenía familia? Preguntas que nunca había formulado directamente, respetando la discreción que la mujer siempre había mantenido. El impulso surgió sin premeditación. Lucero tomó su bolso, las llaves de su auto y se dirigió al garaje. No avisó a nadie, ni siquiera a Fernando, su asistente personal. Esta vez no sería la famosa cantante y actriz, sería simplemente una mujer siguiendo una corazonada. Su Mercedes negro salió discretamente por la puerta trasera de la residencia, justo a tiempo para ver a Rosa esperando en la parada de autobús.

Lucero se colocó unos lentes oscuros y una gorra, estacionándose a una distancia prudente. El autobús llegó minutos después y Rosa subió con esa misma postura erguida con la que limpiaba cada rincón de la mansión. El vehículo arrancó y Lucero lo siguió, manteniendo una distancia que no levantara sospechas. El recorrido comenzó por las amplias avenidas de la zona residencial, pero pronto el panorama cambió. Los edificios lujosos y los parques cuidados dieron paso a calles más estrechas, comercios modestos y una densidad de gente que aumentaba con cada kilómetro.

30 minutos después, el autobús se adentró en una zona que Lucero apenas reconocía como parte de la misma ciudad donde ella vivía. Las calles pavimentadas se volvieron caminos de tierra y piedras. Las casas, apretujadas unas contra otras, mostraban fachadas a medio terminar, varillas de construcción que sobresalían de las azoteas como promesas incumplidas de un segundo piso. Rosa descendió en una parada improvisada, marcada solo por un poste oxidado. Crucero estacionó su auto en la esquina y, asegurándose de que su disfraz improvisado ocultara su identidad, comenzó a seguirla a pie, manteniendo una distancia prudencial.

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