Minuto tras minuto, el zumbido monótono de la máquina de cortar pelo llenaba la barbería. Los mechones caían al suelo como hojas de otoño, y cada uno parecía llevarse un pedazo de su vida. Se sentía vulnerable, desnuda ante el mundo, y sin embargo —en lo más profundo— dentro de ella comenzaba a germinar una nueva fuerza.
Cuando el barbero apagó la máquina, el silencio se volvió casi insoportable. Lentamente levantó la vista hacia el espejo y vio su rostro. Ya no se escondía tras la melena, ya no era la misma mujer de antes. Era otra: con los ojos enrojecidos por el llanto, pero con una belleza extraña, casi salvaje, como el inicio de un nuevo relato.
En ese momento, uno de los clientes se levantó de la silla y, sin decir palabra, pidió que también le afeitaran la cabeza. Todos se quedaron atónitos.
— Si ella tiene el valor de hacerlo, yo también puedo demostrar que la apariencia no lo es todo, dijo con firmeza.
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