CALMA PERFECTA
Sylvia se secó las manos con un delantal floreado al entrar en el pasillo. Su expresión, imperturbablemente tranquila, parecía profundamente fuera de lugar. En lugar de preocupación, delataba una leve irritación, como si la presencia de Piper en el suelo fuera un inconveniente en vez de una emergencia.
—Hace un rato volvió a las andadas —dijo Sylvia con calma—. Tuve que recordarle cuáles eran sus límites.
—¿Cómo se lo recuerdo? —pregunté, con la voz ya tensa, mientras cogía el móvil.
—Solo necesitaba tiempo para calmarse —respondió, encogiéndose ligeramente de hombros—. Siempre reaccionas de forma exagerada con ella.
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